Por Bruno Cortés

El paquete básico para caminar siete días por el desierto arranca en 8 mil dólares. Las rutas con avión y sin caminata rebasan los 14 mil. Nadie junta esa cantidad en una tarde de arrebato, y ese solo dato desarma la idea de que la migración es una aventura de temporada.

El pago promedio a un traficante para cruzar la frontera norte se estimó en 6 mil 937 dólares. Los hombres desembolsaron 6 mil 565 y las mujeres 7 mil 839. Ser mujer encarece el viaje mil doscientos dólares antes de poner un pie en el desierto.

Para dimensionar la cifra hay que ponerla junto al recibo de nómina. El salario mínimo en Guatemala arrancó 2026 en 478 dólares mensuales y el hondureño en 525. Cruzar equivale a entregar entre uno y tres años de sueldo completo, pagado por adelantado, sin comer, sin renta y sin escuela de por medio.

Por eso el viaje casi siempre se financia con deuda. La mayoría de quienes contratan a un guía pide dinero prestado, y la garantía suele ser la casa, la milpa o el terreno de la familia. El que se va no lleva ahorros: lleva una hipoteca colectiva a cuestas y una fecha límite para empezar a pagarla.

De ahí surge la primera verdad incómoda del fenómeno. El más pobre no migra a Estados Unidos porque no puede pagar el boleto. Se queda, y cuando ya no aguanta, se mueve dentro de su propio país. En México se documentaron 15 mil 795 desplazados internos durante 2025 en 73 eventos, y el 83 por ciento de esos episodios estuvo ligado a la violencia del crimen organizado. El acumulado histórico ronda las 390 mil personas.

La evidencia académica apunta en la misma dirección desde hace década y media. Las tasas más altas de emigración no se registran en los países más pobres del planeta, sino en los de ingreso medio. Con ingresos muy bajos, la falta de crédito impide salir a quien más lo desea. La miseria absoluta no produce éxodo: produce parálisis.

Lo que detona la salida rara vez es la pobreza en abstracto. Es la extorsión que llega al changarro, la amenaza que llega por WhatsApp, el diagnóstico médico sin dinero para el tratamiento o la cosecha que se perdió. En el Corredor Seco centroamericano, 36 por ciento de los hogares destina más de tres cuartas partes de su gasto a comprar comida, 57 por ciento ya agotó sus reservas de maíz y 34 por ciento las de frijol. Hay 701 mil habitantes en riesgo y las proyecciones apuntan a un deterioro en el segundo semestre de 2026.

Del otro lado de la línea no hay milagro ni sueño: hay una distorsión de precio. Un trabajador mexicano gana 2.5 veces más en Estados Unidos que otro mexicano de idéntica escolaridad, experiencia y oficio trabajando en México. Para el país mediano de una muestra de 42 naciones, la proporción sube a 2.7. Las mismas manos, el mismo esfuerzo, distinto código postal.

El retorno de esa apuesta llega en giros de cuatrocientos dólares. México captó 61 mil 791 millones de dólares en remesas durante 2025, una caída anual de 4.6 por ciento y el primer retroceso tras once años consecutivos de crecimiento. Ese flujo equivale a 3.4 por ciento del producto interno bruto y sostiene despensa, colegiatura y renta en cientos de miles de hogares.

En 2026 el monto se recuperó de manera modesta: 25 mil 287 millones de dólares entre enero y mayo, un alza de 2.8 por ciento. Pero el número de operaciones bajó. El dinero subió porque los que siguen allá mandan más por envío, no porque haya más gente mandando. La comunidad se está adelgazando mientras aprieta el cinturón para no soltar a los suyos.

La válvula, mientras tanto, está cerrada. Los cruces irregulares cayeron a su nivel más bajo en más de medio siglo, con detenciones mensuales por debajo de las 10 mil desde febrero de 2025, frente a los 2.2 millones de encuentros del récord de 2022. Entre enero de 2025 y febrero de 2026 se contabilizaron más de 713 mil deportaciones formales, a las que se suman alrededor de 2.2 millones de salidas voluntarias.

Cerrar la puerta no apagó la causa. La represó. A mediados de 2025, el 46 por ciento de los migrantes encuestados en Chiapas, la Ciudad de México, Chihuahua y Baja California ya planeaba quedarse en territorio mexicano, contra 24 por ciento a finales de 2024. México dejó de ser pasillo y se volvió destino sin haberlo decidido. Lo que no salió por la frontera se quedó adentro.

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