Por Juan Pablo Ojeda La disminución de la tasa de homicidios a 21 por cada 100 mil habitantes, de acuerdo con el último reporte del INEGI, constituye un hito en la compleja trayectoria de la crisis de seguridad que ha atravesado México durante las últimas dos décadas. El indicador invita a una reflexión profunda sobre las transformaciones en la geografía de la violencia y los límites de las políticas de contención del Estado. Desde el inicio de la llamada guerra contra el narcotráfico en 2006, las métricas de letalidad en el país experimentaron un crecimiento exponencial, transformando el tejido social y alterando la vida comunitaria en vastas regiones de la República. La fluctuación a la baja en la tasa actual muestra un alivio estadístico, aunque las causas estructurales del fenómeno delictivo, como la impunidad y la desigualdad socioterritorial, continúan vigentes. Analistas sociopolíticos destacan que la contención de los números absolutos responde a un reordenamiento dinámico en el control de mercados ilícitos por parte de los grupos armados. La diversificación de las actividades criminales hacia la extorsión, el tráfico de personas y el control de insumos básicos ha modificado las tácticas de control territorial, sustituyendo en ciertos contextos los enfrentamientos de alta intensidad por esquemas de coerción silenciosa. En el plano institucional, la cifra refleja la consolidación de un modelo de seguridad centralizado en fuerzas de carácter federal y militarizado. Sin embargo, juristas y académicos advierten sobre la fragilidad de este esquema si no se acompaña del fortalecimiento institucional de las instituciones civiles locales y del saneamiento de las estructuras de procuración e impartición de justicia en el ámbito local. La disparidad regional sigue siendo una característica definitoria del mapa delictivo mexicano. Mientras que entidades como Yucatán o Campeche mantienen índices comparables a los de países con alta estabilidad social, regiones como la franja del Pacífico y el Bajío concentran núcleos persistentes de conflicto, reflejando un desarrollo institucional profundamente heterogéneo a lo largo del territorio nacional. Por otra parte, la perspectiva comparada en América Latina ubica el caso mexicano en una encrucijada regional. Si bien la baja en la tasa desmarca al país de las tendencias al alza observadas en otras naciones del cono sur y el Caribe, el nivel absoluto de muertes violentas exige mantener la búsqueda de modelos de pacificación integrales que pongan al centro a las víctimas. El desafío para la administración pública radica en transformar esta mejora cuantitativa en un cambio cualitativo en la percepción de seguridad de la ciudadanía. La sostenibilidad de la tendencia a la baja dependerá de la capacidad de las instituciones para desmontar la impunidad sistémica y reconstruir el pacto social desde la escala comunitaria. Comparte esto: Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Me gusta esto:Me gusta Cargando... Navegación de entradas EE. UU. emite alerta de viaje nivel 4 para Michoacán por delincuencia Canadá destaca operativo en México con diez arrestos ligados al narcotráfico