La Jabalinada / Bruno Cortés

El poder en México tiene una vieja costumbre: ponerle moño internacional al desastre local. Esta vez el regalo envenenado viene envuelto en los colores del Mundial 2026. El 28 de marzo, con el amistoso entre México y Portugal, quisieron vendernos la postal de un Estadio Azteca renovado, moderno y listo para recibir al planeta. Pero bastó salir del inmueble para entender que aquello no fue una inauguración: fue un montaje. Un espejismo mediático con techo LED, pero con la ciudad hecha pedazos.

Porque mientras adentro se presumía la modernización del coloso de Santa Úrsula, afuera la capital se arrastraba entre escombros, varillas sueltas, polvo y embudos humanos. El mensaje oficial era claro: “vamos en tiempo”. La realidad contestó con su brutal sinceridad: no van en tiempo, van corriendo detrás del reloj, con la lengua de fuera y aventándole pintura fresca a las bardas para que la FIFA no vea el cascajo.

A exactamente dos meses de la Copa del Mundo 2026, la Ciudad de México no proyecta eficiencia: proyecta improvisación. No transmite orden: transmite prisa. Y lo más grave no es que el gobierno llegue tarde, sino que quiera convencernos de que llegar tarde también cuenta como cumplir.

El caos tiene domicilio conocido: el sur de la ciudad. Ahí donde la Calzada Flotante de Tlalpan prometía convertirse en parque elevado, paseo recreativo y trofeo urbano de esta administración. Lo que hoy hay, en cambio, es una estructura a medio hacer, un puente peatonal entre San Antonio Abad y Chabacano que parece más bien el fósil industrial de una promesa incumplida. Acero oxidado, obra inconclusa y una pregunta suspendida en el aire: ¿en qué momento decidieron que una ciudad podía organizar un Mundial sin antes poder organizar sus propias banquetas?

La factura de la negligencia, como siempre, no la pagan los funcionarios que prometen; la pagan los usuarios que caminan. La estación San Antonio Abad cerrada. Viaducto y Chabacano operando con alteraciones constantes. La Línea 2 del Metro convertida en metáfora nacional: la infraestructura que alguna vez se presumió como símbolo de modernidad hoy estrangulada por la incapacidad de un gobierno que administra a golpe de ocurrencia y conferencia.

Y mientras miles de personas pierden tiempo, paciencia y salud en trayectos cada vez más absurdos, la Calzada de Tlalpan sigue reducida, mutilada, bloqueada, como si la movilidad cotidiana fuera un daño colateral aceptable en nombre del gran espectáculo global. La FIFA sonríe. El ciudadano suda. Uno cobra en dólares; el otro paga con horas de su vida.

Lo más revelador de este sainete no está solo en el concreto roto, sino en el enojo que ya brota en las colonias aledañas. En Santa Úrsula y otras zonas cercanas, los vecinos han colgado mantas, han protestado, han exigido algo tan extravagante para la clase gobernante como respeto. Respeto al agua, respeto al entorno, respeto a la vida cotidiana de quienes habitan esa zona mucho antes de que alguien decidiera volverla escenografía mundialista. Pero en este país, cuando la televisión internacional llama, el vecino se vuelve estorbo.

Y ahí está el verdadero retrato del modelo: toneladas de materiales regadas en el estacionamiento norte, rejas viejas cambiadas con desesperación, fachadas que apenas reciben la primera mano de pintura. No estamos viendo una planeación de Estado. Estamos viendo una producción de utilería. Lo importante no es que la ciudad funcione; lo importante es que, desde la cámara aérea, parezca que funciona.

Clara Brugada promete cronogramas exactos. Ivar Sisniega asegura que no hay “plan B”. Las calles, en su grosería incorregible, desmienten a ambos. Porque la realidad tiene esa mala costumbre de no obedecer boletines de prensa. Y si un partido amistoso ya exhibió fallas logísticas, inundaciones repentinas y embudos peatonales, lo que dejó claro no fue la fortaleza del operativo, sino su fragilidad. La capital ensayó, sí, pero ensayó el desorden.

La oposición, por supuesto, ya encontró carne fresca y se lanzó sobre ella. Los diputados del PAN CDMX denunciaron lo evidente: que el gobierno improvisó, que la logística cojea, que la movilidad colapsa. Y aunque en política nadie critica por puro amor al ciudadano, esta vez el diagnóstico no necesita mucha sofisticación. Basta pararse afuera del Azteca y mirar. El problema no es de narrativa. El problema es de cemento.

Hasta la logística comercial comienza a resentir el golpe. Empresas como Grupo Modelo ya alquilan decenas de bodegas periféricas de emergencia. El sector cervecero prevé un aumento de 20% en la demanda, pero la ciudad que debía facilitar la fiesta amenaza con convertirse en el principal obstáculo para surtirla. Ni siquiera el negocio del Mundial parece a salvo de la desorganización gubernamental. Cuando el tráfico compite con la incompetencia, siempre gana la parálisis.

Y ahí está el nudo de esta historia: no estamos frente a una ciudad que se transforma para recibir al mundo. Estamos frente a un gobierno que maquilla para la toma abierta, mientras esconde la obra negra detrás del encuadre. Una administración que privilegia la estética FIFA sobre la vida real de sus ciudadanos. Un poder que confunde espectáculo con gobernanza.

Porque esa es la trampa perfecta del megaproyecto: hace pasar el sacrificio cotidiano de la gente como si fuera patriotismo urbano. Aguántate el tráfico, tolera el polvo, camina entre maquinaria, pierde horas, soporta el cierre del Metro, porque “es por el Mundial”. Como si el ciudadano tuviera que agradecer que le compliquen la vida para que la postal internacional salga bonita.

La historia se repite con una precisión cínica. En el Mundial de 1970, Gustavo Díaz Ordaz aceleró la Línea 2 del Metro para vender modernidad a contrarreloj. Hoy, 56 años después, esa misma línea sirve de víctima sacrificial para otra puesta en escena de modernidad apresurada. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, cambian los reflectores. Lo único que no cambia es el vicio mexicano de llegar tarde al cemento y temprano a la propaganda.

Porque al final, eso es lo que hoy rodea al Azteca: no una obra terminada, no una ciudad lista, no una visión de largo plazo. Lo que rodea al estadio es una verdad incómoda: que en México seguimos construyendo primero el decorado y después, si queda tiempo, la realidad.

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