Durante décadas, la conversación sobre los problemas de imagen corporal se ha centrado principalmente en las mujeres y en la presión por alcanzar un cuerpo cada vez más delgado. Muchas personas han aprendido a reconocer algunas señales de alerta cuando una adolescente desarrolla una relación poco saludable con la comida, el peso o su apariencia.

Sin embargo, existe otra forma de insatisfacción corporal que puede pasar mucho más desapercibida. En el caso de muchos niños y adolescentes varones, la obsesión no está relacionada con perder peso, sino con ganar músculo, verse más grandes y desarrollar un físico que consideran suficientemente masculino.

El problema es que, a diferencia de otras conductas relacionadas con la imagen corporal, entrenar, ganar fuerza y desarrollar musculatura suelen recibir aprobación social. La disciplina en el gimnasio puede ser interpretada como una señal de salud, esfuerzo y determinación, incluso cuando detrás existe una preocupación obsesiva que comienza a afectar otras áreas de la vida.

El psicólogo clínico Roberto Olivardia, quien lleva más de tres décadas estudiando los problemas relacionados con la imagen corporal, ha advertido que esta tendencia se está haciendo cada vez más visible entre los varones y que la edad de quienes presentan estas preocupaciones parece estar disminuyendo.

Según su experiencia clínica, actualmente atiende incluso a niños de apenas 10 años con problemas relacionados con su apariencia física. Para el especialista, la expansión de las redes sociales ha cambiado de manera profunda la forma en que niños y adolescentes reciben mensajes sobre cómo debería verse un cuerpo masculino.

Cuando tener más músculo nunca parece suficiente

En la década de 1990, Olivardia y otros investigadores comenzaron a utilizar el término dismorfia muscular para describir un patrón de preocupación intensa por el tamaño y la musculatura del cuerpo.

La característica central no es simplemente querer estar en forma o disfrutar del ejercicio. Una persona puede ser corpulenta, tener una musculatura desarrollada e incluso ser percibida por los demás como alguien con un físico atlético y, aun así, sentirse demasiado pequeña o insuficientemente musculosa.

La preocupación puede llegar a ocupar gran parte del pensamiento cotidiano. La persona revisa constantemente su cuerpo, modifica su alimentación de manera extrema, organiza toda su rutina alrededor del entrenamiento o experimenta ansiedad ante la posibilidad de perder masa muscular.

Esta obsesión puede resultar difícil de identificar porque muchas de esas conductas reciben elogios. Mientras una persona con un trastorno alimentario relacionado con una pérdida extrema de peso puede despertar preocupación, un joven que pasa horas entrenando y desarrolla un cuerpo musculoso puede recibir comentarios sobre su disciplina o fuerza de voluntad.

Olivardia ha señalado precisamente esta diferencia: no todos los hombres musculosos tienen un problema de salud mental, pero una apariencia atlética tampoco impide que exista una relación poco saludable con el propio cuerpo.

El ideal masculino también ha cambiado

La presión estética sobre los hombres no surgió de la noche a la mañana. El especialista sitúa una parte importante de la transformación cultural entre finales de los años 70 y principios de los 80, cuando los cuerpos musculosos comenzaron a ocupar un lugar cada vez más visible en el cine y la cultura popular.

Figuras como Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone se convirtieron en símbolos de una masculinidad asociada con la fuerza física y una musculatura excepcional. Con el paso del tiempo, ese ideal se expandió hacia la publicidad, las revistas, la televisión y, más recientemente, las plataformas digitales.

Hoy, las redes sociales permiten que los jóvenes estén expuestos de forma constante a imágenes de cuerpos extremadamente musculosos, rutinas de entrenamiento y consejos sobre alimentación y suplementos.

El problema, según advierte Olivardia, es que muchos de estos mensajes proceden de creadores de contenido que no necesariamente cuentan con formación científica o profesional, pero que pueden tener millones de seguidores.

Para un adolescente vulnerable, la popularidad puede confundirse fácilmente con credibilidad. Un influencer con millones de seguidores puede convertirse en una fuente de consejos sobre ejercicio, alimentación y apariencia física, incluso cuando las recomendaciones que difunde carecen de respaldo.

Redes sociales y la normalización de las conductas extremas

Uno de los fenómenos que más preocupa a los especialistas es la exposición constante a contenidos que promueven la transformación física como una especie de requisito para obtener aceptación, éxito, respeto o atención de otras personas.

Olivardia advierte que esta influencia puede ser especialmente intensa en adolescentes que atraviesan una etapa de búsqueda de identidad y pertenencia. Un profesional de la salud puede ver a un paciente durante menos de una hora a la semana, mientras que ese mismo joven puede pasar muchas más horas consumiendo contenido de influencers y comunidades digitales centradas en la apariencia.

La situación también se ha relacionado con tendencias como el looksmaxxing, un término utilizado en redes para describir prácticas orientadas a maximizar o modificar la apariencia. Aunque algunas recomendaciones pueden ser inocuas, otras promueven conductas extremas y potencialmente peligrosas.

Cuando una persona está expuesta repetidamente a este tipo de contenido, prácticas que inicialmente podrían parecer excesivas pueden terminar pareciendo normales. El riesgo aumenta cuando la promesa que acompaña a estos mensajes es que transformar el cuerpo garantizará éxito, poder, popularidad o relaciones afectivas.

¿Dónde termina el ejercicio saludable y comienza la obsesión?

Hacer ejercicio, desarrollar fuerza y cuidar la alimentación pueden formar parte de una vida saludable. El problema aparece cuando estas actividades dejan de ser una elección equilibrada y comienzan a dominar la rutina.

Una de las primeras señales de alerta es la percepción distorsionada del propio cuerpo. Si un adolescente con un peso saludable insiste en que está demasiado gordo, o un joven con una musculatura evidente asegura constantemente que está demasiado pequeño, conviene prestar atención a la intensidad y frecuencia de esa preocupación.

Otro aspecto importante es el impacto que estas conductas tienen en la vida diaria. Un entrenamiento deja de ser saludable cuando comienza a desplazar de forma constante otras necesidades, como el descanso, los estudios, las relaciones sociales o la convivencia familiar.

Olivardia ha relatado casos de personas que pasan cinco o seis horas diarias en el gimnasio y terminan completamente agotadas. Más tiempo no siempre significa mejores resultados. El ejercicio necesita periodos de recuperación y un exceso de entrenamiento puede aumentar el riesgo de lesiones y otros problemas.

También es importante vigilar conductas de riesgo, entre ellas el consumo de esteroides u otras sustancias para aumentar la masa muscular. El uso de productos sin supervisión médica puede tener consecuencias importantes para la salud.

Qué pueden observar padres y entrenadores

Los adultos que acompañan a niños y adolescentes tienen un papel importante para detectar cambios en la relación que mantienen con su cuerpo. Más que fijarse únicamente en cuánto ejercicio realiza un joven, conviene observar qué piensa sobre sí mismo y cómo afecta esa preocupación al resto de su vida.

Una señal de alerta puede ser que el adolescente evite actividades sociales por no perder una sesión de entrenamiento, experimente ansiedad intensa si no puede ir al gimnasio o cambie radicalmente su alimentación por miedo a perder músculo o ganar grasa.

También puede ser preocupante la necesidad constante de mirarse en el espejo, comparar el cuerpo con el de otras personas o buscar de manera obsesiva defectos que los demás no perciben.

La conversación, además, debe evitar transmitir la idea de que el valor de una persona depende de su apariencia. Así como durante años se ha insistido en que las niñas y las mujeres son mucho más que su peso o su talla, los especialistas consideran necesario ampliar este mensaje hacia los niños y adolescentes varones.

Tener un cuerpo musculoso no es un problema y disfrutar del deporte tampoco. La diferencia está en si el ejercicio mejora la calidad de vida o si, por el contrario, comienza a convertirse en una fuente constante de ansiedad y en una condición que parece necesaria para sentirse aceptado.

Promover hábitos saludables significa reconocer que el equilibrio es fundamental. Hacer ejercicio puede ser beneficioso, pero entrenar durante horas hasta el agotamiento no necesariamente produce mejores resultados. Comer de manera nutritiva es positivo, pero una relación obsesiva con cada alimento puede convertirse en una fuente de sufrimiento.

La creciente presión por alcanzar un ideal físico masculino demuestra que la conversación sobre imagen corporal necesita ampliarse. Los niños y adolescentes también reciben mensajes constantes sobre cómo deberían verse y qué tipo de cuerpo deberían construir para ser considerados fuertes, atractivos o exitosos.

Detectar el problema a tiempo no significa criticar el interés de un joven por el deporte o impedirle desarrollar fuerza. Significa observar cuándo la búsqueda de un cuerpo más musculoso deja de ser una actividad saludable y empieza a ocupar demasiado espacio en sus pensamientos, sus decisiones y su vida.

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