Por Mauricio Mejía La selección nacional ha vuelto al periodo preclásico, cuando la pelota le quedaba cuadrada y los certámenes internacionales le servían para foguearse y para extrañar las albóndigas de la tía Cholita. El cuadro de Javier Aguirre se ufana del abolengo de la pequeñez, de la heráldica de la menudencia. Como el Gerardo Martino, hace cuatro años, el once del “Vasco” anuncia que en el Mundial del 2026 jugará 270 minutos (más las prórrogas), sin promesa de recato, honra o brío. Como en los años lejanos -que parecían cenozoicos- los Ratones vuelven al garbo de la nadería; jugarán tres partidos porque el reglamento se los permite y se los exige. De otra manera, serían despachados del torneo (terciariamente casero) en la primera o segunda pisada de la cancha, en la que son incapaces de parecer y aparecer con un esquema digno del juego más hermoso al que hieren de tanta precariedad y torpeza. Lastima de tanta lástima este ropero de equipo: ajeno al balón y sus elementales usos y costumbres, sin pericia para el orden y el conjunto y, sobre todo, sin arrestos en el corazón o en el espaldar para asumir una batalla en la pradera más árida. Triste ropaje; harapienta facha de los muchachos, quienes ni van, ni progresan. Como en el juego político, la mexicana es una escuadra que mira el porvenir en los recuerdos más agrestes, rudimentarios y primarios de un sistema evolutivo del que no supera la primera cadena alimenticia. Roedores hasta en el aperitivo. Ratatouille con calabacitas tiernas. Todo comenzó en el verbo. Jugar en equipo es un caos del que no sale este representante de la oscuridad. En los Juegos Olímpicos de hace casi un siglo, en Amsterdam 1928, los Ratones hicieron la odisea hasta Occidente -en barcos, como peste- para ser aplastados en la capital holandesa 7-1 por España (la madre de todas las desgracias; siempre madrastra). Entonces el certamen olímpico era considerado como un auténtico mundial del futbol. Fernando Marcos narró con detalle el absurdo comportamiento de aquel cuadro a la hora de presentarse ante Europa: el mundo era tan gigantesco que a los seleccionados no les quedó otro remedio que volverse pequeñitos como liliputienses en el reino de los Titanes. Dos años después, en el estadio Pocitos de Montevideo, a México -lo que eso signifique en el campo del futbol- le fue destinado inaugurar los Mundiales con Francia -esa aspiración, ese mal en flor que es espada y humillación- como compañera de elenco. Ya aquel 4-1 en contra indicaba que el destino es manifiesto de la infancia; grado y puesto. Luego, en el Parque Central, Chile abultó la infamia: 3-0. Y, ya inaugurado -sin tanto glamur ni juegos de artificio- el estadio Centenario, Argentina dispuso (6-3) que los verdes volvieran a casa después de seis días de tanto baquetear la pelota: tres partidos, tres goleadas, cuatro goles a favor y trece en contra. No conformes con la travesía a Holanda del 28, los ratonautas de la trajinera volvieron a la vieja Europa para ser humillados (yes, of course) por Estados Unidos (2-4) en el estadio del Partido Nacional Fascista de Roma. Antes de ganar su primer punto en una fase final de la Copa del Mundo de Futbol, en 1958 (treinta años después de Amsterdam), los mexicanos -lo que eso evidencie- perdieron todos sus partidos de las rondas de grupos de 1950 y 1954, y los primeros dos de Suecia. También a los nacionales les tocó inaugurar en el terreno mundialista el fabuloso estadio Maracaná en el medio siglo. Perdieron 4-0, con dos tantos de un Ademir, que nunca terminó por entender a qué se dedicaban los once rivales: ¿perseguían la pelota o la portería contraria? Los Ratones tardaron mucho en encontrar la respuesta a la pregunta…cuando se cansaron de tratar de alcanzar a la primera, descubrieron que el juego consiste, justamente, en hacer lo posible para que ésta entre la segunda. Para eso debieron suceder lustros, décadas y trampas. Los muchachos de Javier Aguirre (él mismo un ratón en sus años mozos), recuerdan aquel periodo en el que Manuel Seyde cubría los descalabros de una oncena que era más atractiva en la clasificación de las excusas que en sus logros deportivos, que, entre otras cosas, no existían. En Chile 62, después de perder ante Brasil (ya compasivo, solamente venció 2-0) y España (1-0), los Ratones -a quienes afectaba un mal digno del análisis freudiano, el del Jamaicón (Villegas), que daña a sus víctimas con la imposibilidad de vivir fuera de México por más de 72 horas- lograron su primera victoria ante Checoslovaquia, en el estadio El Sausalito de Viña del Mar. Desde que fue sede del 70, los méritos de la selección nacional se resumen en dos líneas: solamente ha jugado una vez cinco partidos de una edición (1986) y desde Estados Unidos 94 hasta Rusia 2018 participaron -eso sí- en cuatro duelos; es decir, “llegó” -cuando llegar es una forma de irse- a octavos de final. Pero: en 1973 fue eliminada por Trinidad y Tobago; en 1982, por Honduras y en 1990 se le impidió competir porque dos años antes, en las eliminatorias para los Juegos Olímpicos de Seúl 88 -sesenta años después de Amsterdam-, una de sus filiales amateurs decidió incluir a mayores de edad con actas de nacimiento alteradas. A aquel fenómeno tramposo -que después la política utilizaría sin empacho alguno- se le llamó “Los Cachirules”; cualquiera forma utilizada hoy en el Congreso de la Unión no es mera coincidencia. Ahora que el Mundial vuelve a México (lugar en el que nació la pelota vulcanizada, por cierto, hace cientos de años; cuando ni Europa ni China imaginaban a los bisabuelos del futbol) todo es distinto al 70, menos la pobreza, la inseguridad y la falta de pericia de una selección -a lo que eso quiera obedecer- que sigue sin entender la regla básica del juego: recibir, pasar, recibir y pasar, recibir y pasar. Adicta al bote pateado, la congregación de roedores confunde con rocas o piedras o melones o sandías o piñas o cubos o vasos de hojalatas un artefacto que suele no dejarla tranquila: el balón. Si el balompié se jugara sin pelota; México sería pentacampéon del mundo. Digno representante de un gobierno chambón, acomplejado, inútil y pedestre, el once de Aguirre se ajusta al programa y se pone al tono de la cascarita del bienestar, pero: ¿por qué el equipo nacional debiera ser exitoso si el resto del país es un fracaso? Un fracaso político, un fracaso parlamentario, un fracaso económico, un fracaso judicial, un fracaso fiscal, un fracaso electoral, un fracaso social, un fracaso médico, un fracaso de seguridad, un fracaso juvenil, deportivo, cultural, científico, artístico, un fracaso presidencial, un fracaso aeronáutico, un fracaso democrático y un fracaso espiritual, un fracaso histórico… El abolengo de la pequeñez, de la heráldica de la menudencia, son dictados por un régimen que imanta a su selección: roedora, mínima, tarda, negada, majareta y lerda… Bien dijo Heráclito: lo igual busca a su igual… Comparte esto: Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Me gusta esto:Me gusta Cargando... Navegación de entradas Democracia de sabores Y nos faltan 4 años y medio…