El cielo no tiene un color fijo. Su apariencia depende de cómo la luz solar atraviesa la atmósfera y de las partículas presentes en el aire. Durante el día, las moléculas dispersan con mayor facilidad las longitudes de onda azules. Por eso, en condiciones despejadas, el cielo suele verse azul. Al amanecer y al atardecer, la luz recorre una distancia mayor dentro de la atmósfera. Los tonos rojos, naranjas y rosados pueden dominar el horizonte. El polvo, la humedad y los contaminantes modifican esa escena. No todos los cielos intensos indican contaminación, pero una bruma persistente sí merece atención ambiental. La posición del observador también importa. Entre edificios, el color puede variar por reflejos, sombras y luces artificiales que se encienden antes de que termine el crepúsculo. Para observar, conviene elegir un punto con horizonte abierto y mirar durante varios minutos. El cambio es gradual y permite comparar zonas de la bóveda celeste. Una fotografía no siempre reproduce lo que ve el ojo. La cámara ajusta exposición y color, por lo que conviene anotar hora y condiciones junto a la imagen. La observación puede convertirse en registro comunitario si se comparan cielos de distintos barrios y días. Así aparecen patrones vinculados con clima y calidad del aire. Mirar arriba es una curiosidad sencilla con una lección científica: fenómenos cotidianos se vuelven comprensibles cuando preguntamos qué ocurre entre la fuente de luz y nuestros ojos. Comparte esto: Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Me gusta esto:Me gusta Cargando... Navegación de entradas Colibríes urbanos: qué revelan sus visitas sobre la biodiversidad de la CDMX Mapas de la memoria: cómo las calles guardan historias que no aparecen en los libros