Las operaciones de extracción de cables submarinos se han convertido en una necesidad técnica para la infraestructura global de comunicaciones. Actualmente, cerca de 600 cables de fibra óptica recorren los océanos y constituyen el esqueleto invisible de la conectividad internacional, permitiendo que millones de personas envíen mensajes, realicen videollamadas o accedan a contenidos digitales. Así lo ha documentado la revista Wired, que ha seguido de cerca estas tareas especializadas.

Aunque comúnmente se les llama “cables de internet”, la transmisión óptica nació como tecnología para llamadas telefónicas y más tarde se transformó en el soporte principal del tráfico digital intercontinental. Detrás de esta red global trabajan miles de técnicos, ingenieros y tripulantes que mantienen, reparan y, cuando es necesario, retiran infraestructuras obsoletas, casi siempre lejos del foco público.

Uno de los hitos más importantes en la historia de la conectividad fue la instalación del TAT-8, el primer cable transatlántico de fibra óptica. Construido por AT&T, British Telecom y France Telecom, entró en operación el 14 de diciembre de 1988 y marcó un antes y un después en el tráfico de datos entre América y Europa.

El TAT-8 fue testigo de transformaciones históricas como la caída del Muro de Berlín, la aparición de la World Wide Web y el auge de las empresas “puntocom”. En su momento, algunos pensaron que sería el último gran cable necesario, pero la explosión de usuarios agotó su capacidad en apenas 18 meses, lo que impulsó la instalación de nuevas rutas transoceánicas. Finalmente, en 2002, un fallo técnico cuyo costo de reparación resultaba excesivo determinó el final de su vida útil.

Tras permanecer años en desuso en el fondo del océano, surgió la iniciativa de extraerlo. La retirada del TAT-8 responde a tres motivos principales: liberar espacio en el lecho marino para futuras instalaciones, gestionar infraestructura obsoleta y recuperar materiales valiosos mediante reciclaje industrial.

La extracción de cables submarinos

La operación está dirigida por Subsea Environmental Services, considerada líder mundial en reciclaje de cables submarinos. El proceso requiere logística compleja y coordinación milimétrica. El buque Maasvliet, equipado con tecnología diésel-eléctrica, se encarga de localizar, enganchar y extraer los kilómetros de cable desde las profundidades oceánicas.

La técnica combina métodos históricos y herramientas modernas. Los equipos utilizan listas de posicionamiento detalladas para identificar cada segmento, empalme y repetidor mediante coordenadas exactas. Para recuperar el TAT-8, se emplea un anzuelo plano conocido como “pez plano”, que se deja caer hasta el fondo marino siguiendo la ruta consignada en documentos técnicos de hace décadas.

Una vez que el anzuelo entra en contacto con el cable, la tripulación inicia la llamada “carrera de corte”, navegando a baja velocidad para engancharlo sin dañarlo. El procedimiento puede extenderse durante horas o incluso un día entero. Cuando el cable emerge a la superficie, se corta, se enrolla manualmente y se almacena en grandes tanques a bordo. Los repetidores —dispositivos que amplifican la señal óptica a lo largo de miles de kilómetros— deben retirarse por separado, ya que pueden superar los 400 kilos de peso.

El impacto ambiental de estas operaciones ha sido analizado por el Centro Nacional de Oceanografía del Reino Unido. Sus informes concluyen que desmantelar cables fuera de servicio no provoca daños significativos al entorno marino, dado que la mayoría no atraviesa hábitats sensibles. En los casos en que sí lo hacen, esos tramos se dejan en su lugar. Las mayores alteraciones se relacionan más con el movimiento de los buques y el uso de equipos de fijación que con la retirada del cable en sí.

El destino final de los materiales demuestra que incluso décadas después siguen teniendo valor estratégico. Empresas como Mertech Marine procesan el acero y el cobre de alta pureza para su reutilización en diversas industrias, mientras que el polietileno se transforma en pellets destinados a productos plásticos no alimentarios. La fibra óptica, en cambio, posee escaso valor de reciclaje. En un contexto de creciente demanda mundial de cobre, los kilómetros de cable retirados del fondo marino se convierten en una fuente relevante de recursos.

La extracción del TAT-8 no solo representa el cierre de un capítulo histórico en las telecomunicaciones, sino también un recordatorio de que la infraestructura digital tiene un ciclo de vida físico. Bajo el océano, lejos de la vista cotidiana, descansa una red que hizo posible la globalización digital y que ahora, pieza por pieza, se recicla para dar paso a la siguiente generación de conexiones.

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