Durante años, la recomendación de dormir ocho horas cada noche se ha convertido en una especie de regla universal para mantener una buena salud. Sin embargo, investigaciones recientes y la opinión de diversos especialistas sugieren que esa cifra no es una fórmula válida para todas las personas. Cada vez existe más evidencia de que la calidad del sueño, la constancia en los horarios y las necesidades individuales pueden tener un mayor impacto en el bienestar que cumplir estrictamente con ocho horas de descanso.

El debate volvió a cobrar fuerza después de que el cardiólogo Eric Topol compartiera en la red social X una columna del médico de atención primaria Ryan McCormick, publicada en The New York Times. En ella, el especialista plantea que una rutina consistente de alrededor de seis horas y media de sueño de buena calidad podría representar un menor riesgo para la salud que dormir ocho horas de manera irregular, con despertares frecuentes o bajo una constante preocupación por alcanzar esa meta.

La idea desafía una de las creencias más arraigadas sobre el descanso. Según McCormick, los estudios epidemiológicos no respaldan la existencia de un «número mágico» de horas que funcione para toda la población. En cambio, las investigaciones muestran que el menor riesgo para la salud suele concentrarse alrededor de las siete horas de sueño, mientras que los riesgos aumentan tanto cuando se duerme muy poco como cuando se duerme demasiado.

El sueño desempeña funciones esenciales para el organismo. Durante las primeras horas de la noche aumenta la liberación de la hormona del crecimiento, necesaria para reparar músculos y tejidos; la presión arterial disminuye progresivamente, permitiendo que el sistema cardiovascular descanse, y entra en acción el sistema glinfático del cerebro, encargado de eliminar residuos metabólicos que podrían acumularse y favorecer enfermedades neurodegenerativas.

No obstante, que el sueño sea indispensable no significa que todas las personas deban dormir exactamente el mismo tiempo. Diversos especialistas sostienen que factores como la edad, el sexo, la genética, el nivel de actividad física y mental, el estado de salud e incluso el tiempo que una persona permanece despierta durante el día modifican las necesidades individuales de descanso.

El doctor Michael Perlis, especialista en medicina conductual del sueño de la Universidad de Pensilvania, considera que la recomendación general de dormir entre siete y nueve horas funciona para muchas personas, pero está lejos de aplicarse a todos los casos. De forma similar, el investigador Russell Foster, director del Sleep and Circadian Neuroscience Institute de la Universidad de Oxford, ha señalado que los promedios poblacionales no reflejan las diferencias genéticas existentes entre individuos.

Ante esta variabilidad, algunos expertos proponen un criterio más práctico para evaluar si una persona duerme lo suficiente: observar cómo se siente durante el día. El neurólogo Guy Leschziner explica que despertar con sensación de descanso, mantener un buen rendimiento físico y mental y no depender constantemente de estimulantes como la cafeína son mejores indicadores que el número exacto de horas dormidas.

Otro fenómeno que preocupa a los especialistas es la llamada ortosomnia, un concepto que describe la obsesión por alcanzar las métricas «perfectas» de sueño mediante relojes inteligentes, aplicaciones y dispositivos de monitoreo. Paradójicamente, la ansiedad por cumplir objetivos de descanso puede generar más estrés, fragmentar el sueño y terminar empeorando su calidad.

También es importante distinguir entre la privación del sueño y el insomnio. Mientras que una persona privada de sueño simplemente duerme menos por obligaciones laborales o personales y suele quedarse dormida rápidamente cuando tiene la oportunidad, alguien con insomnio presenta dificultades persistentes para iniciar o mantener el sueño, incluso cuando dispone del tiempo necesario para descansar.

Eso no significa que dormir poco sea inofensivo. Diversos estudios han relacionado el descanso insuficiente con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, alteraciones del sistema inmunológico, aumento de la percepción del dolor y deterioro cognitivo. Una investigación del estudio Whitehall II encontró que dormir menos de seis horas de manera persistente a partir de los 50 años se asocia con un incremento del 30 % en el riesgo de desarrollar demencia en comparación con quienes duermen alrededor de siete horas. Sin embargo, los investigadores aclaran que todavía no está completamente establecido si el sueño insuficiente provoca directamente este deterioro o si puede ser uno de sus primeros síntomas.

Por otro lado, también existen estudios que relacionan dormir demasiadas horas con una mayor mortalidad. No obstante, los especialistas advierten que esta asociación no implica necesariamente que dormir nueve horas sea perjudicial. En muchos casos, las personas con enfermedades crónicas, depresión u otros problemas de salud tienden a dormir más tiempo, por lo que el exceso de sueño podría ser una consecuencia y no la causa de esas condiciones.

Además, la duración ideal del sueño parece estar influida por factores culturales. Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), que analizó datos de casi 5.000 personas en 20 países, encontró diferencias significativas en los patrones de descanso. Mientras que en Japón el promedio fue de poco más de seis horas por noche, en Francia se acercó a las ocho horas. Los investigadores concluyeron que las personas cuya duración del sueño se aproxima a las normas habituales de su entorno cultural tienden a presentar mejores indicadores de salud.

Incluso existen los llamados «dormidores cortos», un pequeño porcentaje de la población que, por razones genéticas, puede dormir alrededor de cinco horas por noche y despertar completamente descansado, sin presentar consecuencias negativas para su organismo.

En lugar de perseguir una cifra rígida, los especialistas recomiendan prestar atención a la regularidad de los horarios, procurar un sueño continuo y de buena calidad y observar cómo responde el cuerpo durante el día. Irritabilidad constante, fatiga persistente, dificultad para concentrarse o una dependencia excesiva de estimulantes pueden ser señales de que el descanso no está siendo suficiente, independientemente de las horas que marque el reloj.

El consenso científico actual no elimina la importancia de dormir, sino que invita a entender que el descanso es un proceso complejo y profundamente individual. Más que obsesionarse con alcanzar las famosas ocho horas, la prioridad debería ser construir hábitos que permitan dormir bien, mantener horarios consistentes y despertar con la energía necesaria para afrontar cada jornada.

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