Los Demonios del Poder

 

En política hay una vieja tentación: creer que si se controla el discurso, se controla la realidad. Pero la realidad no cabe en un boletín, no se limpia con una conferencia matutina y no desaparece porque alguien la niegue desde Palacio Nacional. El derrame de petróleo en el Golfo de México lo demostró una vez más.

Mientras pescadores de Veracruz, Tabasco y Tamaulipas sacaban redes manchadas de crudo, playas aparecían contaminadas y especies marinas morían en la costa, el gobierno federal eligió primero defenderse antes que responder. La narrativa oficial fue cambiando según avanzaban las pruebas: primero no había derrame; después eran “manchas aisladas”; luego se sugirió que podía tratarse de filtraciones naturales o de embarcaciones privadas. Finalmente, cuando la evidencia era imposible de ocultar, se reconoció que el origen estaba en instalaciones de Pemex.

No fue una rectificación ejemplar. Fue una admisión obligada.

El costo de negar

Cada día perdido en negar responsabilidades fue un día ganado por la contaminación. Cada evasiva oficial significó más incertidumbre para miles de familias que viven del mar. En comunidades costeras, la pesca se frenó, el turismo cayó y la desconfianza creció. Porque cuando una familia depende de lo que saque del agua ese mismo día, no puede esperar semanas a que el gobierno “termine de investigar”.

Lo más grave no fue solo la fuga en el ducto de 36 pulgadas vinculado a la zona de Abkatún-Cantarell. Lo más grave fue el reflejo político: proteger la imagen del Estado antes que proteger a la gente. Esa práctica tiene nombre: irresponsabilidad institucional.

Claudia Sheinbaum y la promesa de un gobierno distinto

Claudia Sheinbaum llegó al poder ofreciendo una administración científica, técnica y distinta a los viejos vicios. Pero en este caso, el libreto fue el mismo de siempre: cerrar filas, minimizar el problema y reaccionar solo cuando la presión pública volvió insostenible el silencio.

La presidenta ordenó investigaciones, removió funcionarios y anunció apoyos. Pero la pregunta central permanece: ¿por qué se actuó solo después del escándalo público? ¿Por qué no hubo transparencia desde el primer reporte? ¿Por qué la ciudadanía tuvo que enterarse por imágenes, testimonios y medios antes que por su propio gobierno?

Gobernar no es solo corregir cuando ya no queda salida. Gobernar también es asumir costos desde el primer momento.

Pemex: accidentes repetidos, excusas repetidas

El derrame del Golfo no ocurrió en el vacío. Se inserta en una cadena de incidentes que muestran una empresa con problemas estructurales de mantenimiento, supervisión y seguridad.

En abril de 2026, Pemex confirmó un derrame de diésel en el muelle de su refinería Deer Park, en Texas, tras un percance entre embarcaciones. Aunque se informó que fue controlado, el hecho volvió a encender alertas sobre protocolos y prevención.

Un mes antes, en marzo, cinco personas murieron en un incendio afuera de la refinería Olmeca, en Dos Bocas, Tabasco. Según reportes iniciales, agua aceitosa acumulada por lluvias se incendió fuera del perímetro de la planta. Cinco vidas perdidas no son un detalle administrativo. Son una tragedia.

Además, distintos recuentos periodísticos documentan que 2026 ha estado marcado por derrames, incendios y nuevos episodios ambientales ligados a instalaciones petroleras. Cuando los accidentes se vuelven frecuentes, dejan de ser excepciones. Se convierten en síntoma.

Víctor Rodríguez Padilla debe renunciar

El director general de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, intentó explicar que altos mandos le ocultaron información sobre la fuga. Si eso es cierto, entonces no controla la empresa que dirige. Y si no es cierto, entonces intenta deslindarse de una crisis bajo su responsabilidad. Ninguna de las dos opciones lo fortalece.

No basta con despedir mandos intermedios ni con sacrificar piezas menores para salvar a la cabeza. Pemex necesita conducción real, rendición de cuentas y credibilidad técnica. Hoy no tiene ninguna de las tres.

Por eso Víctor Rodríguez Padilla debe renunciar.

Porque la responsabilidad pública no consiste en aparecer cuando estalla la crisis, sino en prevenirla. Porque dirigir la empresa más importante del Estado mexicano exige algo más que declaraciones tardías. Y porque en cualquier democracia seria, una cadena de accidentes y ocultamientos tendría consecuencias al más alto nivel.

Las ONG hicieron lo que el Estado no quiso hacer

En medio de la opacidad oficial, las organizaciones civiles ocuparon el vacío. Greenpeace México, el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), CartoCrítica y colectivos locales documentaron afectaciones, recopilaron testimonios, analizaron imágenes satelitales y mantuvieron vivo un tema que muchos quisieron enterrar bajo el lodo y el petróleo.

Gracias a esa presión, el derrame no quedó reducido a una nota pasajera. Gracias a esas voces, hubo mapas de daño, evidencia independiente y acompañamiento a comunidades pesqueras. Gracias a ellas, la narrativa oficial encontró un límite.

Eso también debe decirse: mientras el poder calculaba costos políticos, la sociedad civil defendía el interés público.

El verdadero demonio del poder

El problema de fondo no es solo Pemex. Es la cultura política que cree que admitir errores debilita al gobierno. En realidad ocurre lo contrario: lo debilita mentir, ocultar y llegar tarde.

El petróleo ensució playas, redes, manglares y economías locales. Pero también dejó otra mancha: la de un gobierno que tardó demasiado en reconocer lo evidente.

Ese es el verdadero Demonios del Poder: pensar que la propaganda puede más que la verdad.

Y no. La verdad siempre termina saliendo a flote.

Por admin

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